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sábado, 10 de octubre de 2026
La soberanía de los sillones: Crónica cínica de una democracia de escaparate.
Nos han vendido las elecciones generales como un ejercicio de alta dignidad cívica, un rito purificador donde el ciudadano, armado de razón y civismo, ejerce esa supuesta y grandilocuente soberanía nacional.
Nos repiten hasta la náusea que en el pueblo reside el poder, que cada papeleta pulcra y cada sobre cerrado trazan el rumbo de la historia hacia un porvenir luminoso.
Pero si nos elevamos lo suficiente —como quien contempla la carretera desde una atalaya fría y distante—, la gran farsa democrática se despoja de sus oropeles místicos y muestra su verdadera cara de casquería institucional.
La cruda realidad es un insulto a la inteligencia: el "sagrado" voto no es más que el engranaje sumiso de una maquinaria diseñada, de principio a fin, para garantizar la subsistencia de sus propios parásitos.
En la práctica, esa "soberanía nacional" no pasa de ser un eufemismo obsceno, un cheque en blanco temporal con el que se le concede al rebaño el ilusorio derecho a elegir qué tripulación saqueará el barco, bajo la premisa intocable de que jamás podrán tocar el timón, ni el motor, ni los privilegios de la casta que lo gobierna.
A pie de calle, el votante acude a las urnas con el alma en vilo y el corazón encogido por la asfixia del coste de la vida, la precariedad y una profunda náusea institucional.Atrapado entre la lealtad tribal de quienes defienden unas siglas como si fueran los colores de un equipo de fútbol —perdiendo el norte y el bolsillo con tal de que gane "su" gente— y el agotamiento del desatendido, el ciudadano cree estar librando una batalla decisiva por su futuro. Iluso.
En la sala de máquinas del poder, la ecuación es infinitamente más simple, descarnada y feroz, regida por una única y putrefacta ley de hierro: por encima de cualquier bienestar, el propio y el de la formación que me mantiene.
Para los aparatos de los partidos, el bienestar general es basura prescindible; la única prioridad absoluta es la supervivencia de la estructura, la mamandurria de los cargos y la protección de la maquinaria interna que los alimenta. Da igual que el país se hunda, que el empleo se desmorone o que las costuras de la sociedad revienten.
Cuando se apagan los focos de los platós de televisión, se retiran las pancartas y se archivan las promesas de campaña, el balance de la noche electoral es de una crudeza insoportable: lo único que cambia de sitio es el culo de los sedentes. Los nombres en las placas de los despachos rotan, las nóminas públicas cambian de beneficiario y la misma casta orgánica se recicla sin pudor para asegurarse el sueldo durante otros cuatro años.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie regresa exactamente al mismo fango, con los mismos problemas de mierda y una dosis extra de cinismo en las tripas.
Las elecciones pasan, los sillones se heredan como jirones de un botín y el espectáculo obsceno continúa. La soberanía se encoge y se pudre hasta caber holgadamente en la comodidad de un sillón ministerial, demostrando que la gran matemática de la política nunca tuvo como objetivo solucionar la vida de los ciudadanos, sino garantizar que la música de los privilegios no deje de sonar jamás para los de siempre.
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